El scroll infinito no es un accidente de diseño
Un juicio histórico contra Meta pone el foco en el diseño de Instagram y Facebook. Reflexionamos, desde dentro del sector, sobre qué significa esto para quienes vivimos de la publicidad en estas plataformas.
ATENCIÓN AL CLIENTE
Fredie Tone
9/11/20264 min read


Hay una experiencia que casi todo el mundo conoce: coger el móvil "un momento", y veinte minutos después seguir deslizando el dedo sin haber decidido conscientemente seguir haciéndolo.
Durante años lo hemos tratado como una anécdota de fuerza de voluntad, algo que decía más de nosotros que de las aplicaciones que usamos. Ahora mismo, en un tribunal federal de Oakland, California, se está juzgando si esa sensación es en realidad el resultado de un diseño hecho a propósito.
Lo que se está juzgando ahora mismo
El 18 de agosto de 2026 empezó en Oakland un juicio de Meta, la empresa detrás de Facebook, Instagram, WhatsApp y Threads, frente a una coalición de 29 fiscales generales de distintos estados de Estados Unidos, con California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey llevando el peso del caso ante la jueza Yvonne Gonzalez Rogers. La demanda, que viene de 2023, no discute qué contenido circula en estas plataformas, sino cómo están construidas. La fiscal adjunta de California resumió la acusación en la apertura del juicio con cuatro palabras:
Meta diseñó sus productos para "enganchar, retener, extraer y ocultar". Las herramientas señaladas son las que todos usamos a diario sin pensarlo dos veces: el scroll infinito, las notificaciones push, el botón de "me gusta", los algoritmos de recomendación.
La acusación sostiene que estas funciones no surgieron por casualidad, sino con el objetivo explícito de maximizar el tiempo que las personas, incluidos menores de edad, pasan frente a la pantalla, y que la propia empresa lo sabía: los llamados Facebook Papers, documentos internos filtrados en años anteriores, mostrarían que Meta conocía el impacto en la salud mental de adolescentes mientras aseguraba públicamente que sus plataformas eran seguras.
Meta se defiende diciendo que "la adicción a las redes sociales" no es un diagnóstico clínico reconocido, y que lleva años comunicando abiertamente los riesgos de sus productos. El juicio se prevé de seis a siete semanas, con un fallo probable en octubre de 2026.
No es un caso aislado. En marzo de este año, un jurado de Los Ángeles condenó a Meta y a Google a pagar una indemnización a una joven que alegó haberse vuelto adicta a Instagram y YouTube durante su infancia. Y en otro proceso en Nuevo México, la exposición económica de Meta supera, según varias coberturas, los 900 millones de dólares, todavía pendiente de apelación.
Por qué lo tenemos que contar nosotros, que vivimos de estas plataformas
Conviene ser honestos con algo que normalmente no se dice o se oculta directamente: nuestro trabajo depende, en buena parte, de que estas plataformas funcionen y de que la gente las use.
Gestionamos campañas en Meta Ads. Recomendamos a nuestros clientes estar presentes donde está su público, y ese público está, guste o no, deslizando el dedo en Instagram varias veces al día. Sería más cómodo callarnos esta reflexión, o dejarla para otro momento.
Pero justamente por vivir dentro de este sector, creemos que tenemos algo que decir que no dirá quien solo vende la plataforma como una oportunidad ilimitada de crecimiento. No se trata de fingir que el diseño de estas aplicaciones es neutral cuando hay pruebas, documentos internos y ahora un juicio que apunta en la dirección contraria. Se trata de que la honestidad sobre cómo funciona el sistema en el que trabajamos no nos hace peores profesionales, nos hace más útiles para quien confía en nosotros.
El fondo del asunto: la atención como materia prima
Lo que está en juego en Oakland no es solo si unas funciones concretas son dañinas para los menores, aunque esa es la pregunta legal central. Lo que está en juego, de fondo, es un modelo de negocio entero: estas plataformas no cobran a quien las usa, cobran a quien quiere su atención.
Cuanto más tiempo pasa una persona dentro de la aplicación, más valiosa es esa atención para vender publicidad. El scroll infinito, las notificaciones y los algoritmos de recomendación no son adornos técnicos sobre ese modelo, son la maquinaria que lo hace funcionar.
Esto no es nuevo, lleva años señalándose desde la psicología y desde dentro de la propia industria tecnológica, pero un juicio con documentos internos de la propia Meta y testimonios bajo juramento lo convierte en algo distinto de una sospecha razonable: lo convierte en un hecho que un tribunal evaluará con pruebas. Da igual cuál sea el veredicto final en octubre: la sola existencia de este proceso, con la magnitud de recursos legales que Meta ha desplegado para intentar frenarlo, muestra cuánto hay en juego para la empresa si se demuestra que el diseño, y no solo el contenido, es responsable del daño.
Cómo vivir con ello, sin fingir que no existe
No podemos parar el scroll infinito de Instagram, ni cambiar cómo prioriza contenido el algoritmo de Meta, y ningún cliente nuestro va a dejar de anunciarse porque nosotros lo consideremos moralmente dudoso, al menos. Eso sería ingenuo, y no es lo que proponemos.
Lo que sí podemos hacer, y es la parte que depende de nosotros, es no tratar estas plataformas como si fueran un canal neutral donde solo importa el resultado. Podemos elegir qué mensajes construimos y para qué objetivo, en lugar de perseguir el tiempo de pantalla como si fuera un fin en sí mismo.
Podemos recordar a nuestros clientes que el "engagement" no es automáticamente algo positivo si se consigue explotando un mecanismo diseñado para no dejarte soltar el móvil. Podemos, sobre todo, seguir de cerca lo que resuelva este juicio en octubre, porque si el tribunal obliga a Meta a rediseñar el scroll infinito o las notificaciones para menores, ese cambio no se quedará ahí. Sienta un precedente que seguramente se traslade a la regulación europea, y con ella, a cómo trabajamos todos los que vivimos de la publicidad digital.
Ser críticos con el sector en el que trabajamos no es ir en contra de nuestro propio negocio. Es la única forma honesta de seguir haciéndolo bien.
